Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Mi corazón late fuerte y la gente grita de emoción, a las 6:45am dieron la salida de mi primer maratón, son 42.195 kilómetros para recorrer, en un camino desconocido que terminaría en Torreón.

El primero parece fácil, aun me cuesta trabajo esquivar corredores, que eufóricos buscan salir al paso y hacer su mejor carrera. Veo personalidades, personajes y hasta súper héroes, pero yo solo pienso en terminar y disfrutar de la mejor manera.

En el segundo empiezan adelantarse algunos, para el tercero vamos los de menor ritmo, se admira mucho la vista, pues a pesar de no estar en Francia, se observa la Torre Eiffel en el camino.

Para el cuarto unos cortan su camino, extraña reacción de todos los corredores que recriminaban sin pensar, sin embargo, una parada estratégica al baño era lo único para contemplar.

Gómez Palacios, Durango, fue donde empezó esta aventura, Maratón Lala Internacional era el nombre de esta locura, no lo podía creer, kilómetro 5 ya, y yo con un plan por desarrollar.

Para el kilómetro 6 tomaba la primera bolsa de agua, era un consejo tomar poco cada estación, aunque no fue lo que ensayé en mi preparación.

Entre siete y ocho me encontré al mejor, venía recorriendo su kilómetro 14 muy veloz, solo lo miré y reí de mí, el aspiraba a ganar, mientras yo buscaba llegar.

Llegada a Lerdo y era un carnaval, una multitud de gente esperaba para apoyar, increíble cómo un “¡Vamos Tamaulipas!” daba energía, como si se estuviera en un video juego se sentía la vibra.

Un olor extraño al dejar la ciudad, de regreso a Gómez Palacios, la ruta volvía a marcar. Sol de frente que calaba por la avenida Miguel Alemán.

El camino era cómodo, esos primeros 15 kilómetros eran nada para los cinco meses de entrenamiento previo que llevaba, sonriendo aún me encontraba.

Se acercó el 16, puente y a recorrer río Nazas, las cámaras seguían cada instante, un buen recuerdo tener una foto con sonrisa de los primeros kilómetros.

La fiesta era grande, sonidos, bandas y comidas a las afueras de los hogares para disfrutar por segundos a los más de seis mil corredores.

Que increíble es ver gente comiendo, apoyando, con mesas, sillas y baile a las afueras de su casa, la imagen del pozole quedará recordada en el kilómetro 18.

Cerca de la mitad encontraba el personaje que “solo quería correr”, Forrest Gump era personificado y apoyado por lo que parecía una escuela primaria, se acercaba y recorría unos metros junto a ti, algo para recordar.

Pasando medio maratón checaba mi tiempo 9:18 era buen tiempo, era el esperado, sin embargo la mente empezó a jugar con mis piernas, sentí un leve calambre.

El maratón es probablemente una de las pruebas más exigentes del mundo tanto por el esfuerzo que supone correr durante 42.195 kilómetros, como por el desgaste psicológico al que se someten los runners para terminar la carrera. Uno de los momentos más delicados es lo que ellos llaman “el muro”.

No es el muro aseguraba en el 22, eso no debe dar aún, faltan 10 para llegar a esa parte, 20 para acabar.

Traté de no poner atención, en el maratón te dicen que no hagas algo diferente a lo realizado en el entrenamiento, mi desesperación y falta de aliento me llevó a tomar un gel, algo que nunca debí hacer.

Mis piernas fueron pesando, la sensación de calambres llegaba cada vez más cerca, mientras mi acompañante de los primeros kilómetros me dejaba en la vuelta, cerca de independencia a un par de kilómetros de Calzada Colón.

Houston tenemos un problema, ni correr con Brozo y cerca de Iron Man me ayudaba con mis piernas.

Llegue al kilómetro 27, recurrí a la música para ayudar a mi cabeza, que no dejaba de pensar en el dolor en las piernas.

Por primera vez en el recorrido paré…

Sentí nervios, no podía creer que mi cuerpo estuviera renegando, ya había recorrido una distancia mayor, ¿porque en el maratón me pasaba?

Caminé cien metros, tomé aire y decidí volver.

La gente apoyaba y me sentía importante porque decía mi nombre, acompañado de un “no te rindas”, retomé el camino.

Conforme avanzaba mi cuerpo se sentía más pesado, mi estómago no actuaba de la mejor forma, ¿será el gel?, ¿tomé mucha agua?, ¿demasiado gatorade?

Cerca del kilómetro 30, 10:25 de la mañana, decidí buscar apoyo en la gente que más importa mis amigos y familiares, con la tecnología realicé una transmisión en vivo por Facebook, anunciaba que estaba a 12 de llegar.

Al momento de transmitir, el nervio de verme bien en la cámara y no sufriendo como iba, me ayudó a olvidar un poco el dolor, para mi mala fortuna durante la transmisión no solo recibí el apoyo sino uno de los calambres más fuertes en ambos chamorros. Decidí cortar, tratar de concentrarme y regresar al juego.

Eran cada vez más largos a partir del 31, no sabía si contar los metros, los pasos, las bolsas de agua tiradas en el pavimento, o las palabras de aliento que se reciben, la música no ayudaba.

Recordé el muro, y por supuesto que entre el 30 y 35 había gente diciendo “derrumba el muro”, es el instante en donde se empieza a sufrir más de la cuenta, se me agotaban mis reservas.

El momento era crítico, me volví a parar, me cuestioné, pensé que era el final, pero como muchas veces en la vida cuando se cae, uno mismo tiene que levantarse.

Logré sentir motivación en aspectos particulares que rigen mi vida, como el no quedar mal con mis jugadores, después de todo como entrenador como exigir dar el máximo si tú no lo puedes dar.

Llegué al 36, decidí que lo mental me ayudaría, una llamada inesperada de mi madre logró sacarme una sonrisa, esas son las ventajas de correr con auriculares y un celular, realmente no era su plática la motivación, era el sentirla cerca, después de muchos años viviendo separados ella con solo llamar me hizo feliz. Colgamos.

Faltaban menos de 6 y no podía rendirme más, cambié mi estrategia, caminar 200 metros y correr 800 hasta el final, era la única forma de lograr el objetivo, después de todos los entrenamientos que son 6 kilómetros pensé.

Funcionaba, disfrutaba cada vez más la sensación de avanzar, no quería llegar a casa y tener que decirle a mi hijo no lo logré, parte de mi motivación era recordar algunos momentos felices y tristes en mi cabeza.

De verdad que el sol no ayudaba, estaba más cervecero y como para una carne asada que para correr, y así era como lo vivían en la última parte del recorrido, un residencial donde hasta con sartenes salieron apoyar, donde la carne asada estaba en las banquetas y donde mis piernas se acalambraban a cada instante.

Llegué al 39, como ex jugador de futbol americano hice muchos amigos, uno de ellos se encontraba en Torreón, lo vi junto a su hijo, lo llevaba en brazos, me saludó, me dijo que no me rindiera, me imagino que mi cara no era la mejor al verme, y me señaló que era lo último, “estas por acabar, le das la vuelta a esa plaza y llegas”, señaló.

Automáticamente mi cabeza se concentró en el final, regresé al juego, eran menos de tres mil metros, mi avanzar era lento pero seguro.

Recta final, vamos con todo, casi llegaba y más se sentía el apoyo, compañeros que habían terminado se encontraban con su medalla, no es el tiempo lo que importa aseguraban.

Llegué al 41 y decidí transmitir en vivo, es un momento que me gusta por ser emotivo, después de todo no lo hice solo, hubo apoyo de todos, conforme llegaba no podía más, sin embargo el corazón me hacía avanzar.

No lo podía creer, era el 42, entraba al túnel final, vi la meta.

Mi infancia, mi pie plano, mis buenos momentos, mi sobrepeso, mis malos momentos, mis triunfos, mis derrotas, todo se acabó a las 12:13 del mediodía, cuando cruce la meta; no voy a mentir, lloré y no sabía porque, no hice el tiempo que quería, no realicé la carrera que pensaba, pero me di cuenta que nada de eso importaba, cumplí con un reto que parecía imposible y al final maratonista puedes decirme.

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